Había retratos de Papá Noel en las calles, con rúbricas que decían "eso era un asesino: y las mujeres pasaban junto a él y se reían, y los niños dejaban caer su baba: y el viento todo lo escribía.
Pero, a pesar de todo, nevaba, y por la nieve deduje que era Navidad, la fiesta cruel de los niños, y de las madres. Y nunca dejaba de nevar, y nunca cesaban los cánticos "Navidad, Navidad, dulce navidad. Navidad, blanca navidad.
Navidad más blanca que los hombres, blanca y cruel a la vez, blanca como el espanto, y amarga como la hiel. Y mientras andaba corcovado de nuevo rumbo a mi casa, abatido como el pecado y la furia, oía canciones absurdas e infantiles, alabando a la noche, madre del poema y del cuento.
Quién anduvo entre la violeta y la violeta, alabando a la noche, y en contra del mundo y de la vida, a favor del espanto.
Así que volví de nuevo a mi cuento, y seguía nevando.
De manera que, yo y algunos amigos míos de borrachera, decidimos, para acabar con la nieve, hacer una peregrinación al palacio de Papá Noel, para comprobar si era o no el asesino.
Y a la puerta del palacio, vimos los cadáveres de unos niños despedazados, y estaba todo lleno de sangre, y de palabras. Quisimos hablar con él, y preguntarle los secretos de la tierra. Pero Él no nos recibió. Y pasamos así toda la noche en la calle, mientras llovía, mojando con sangre nuestros rostros.
Y pasé con un coche por encima de mi cadáver, pero no llovía, sino que nevaba, y no se podía salir nunca de la Navidad.
Leopoldo María Panero



